Al rico helado de vainilla y chocolate

Al rico helado de vainilla y chocolate

Día 17. Me debato entre hacer de todo o no hacer nada. Entre ponerme a recoger la casa como una posesa, barrer, quitar el polvo, fregar, volver a sacar a la rumba y a mi otra nueva amiga, la botella de lejía, o echarme con mi libro al calorcito del sillón.

Qué difícil puede ser la gestión del tiempo cuando tienes todo el tiempo.

Los que teletrabajan, en general, le dedican ahora más horas y energía que antes a su jornada laboral: unos, porque están en fase de adaptación al uso de la tecnología y se tiran de los pelos si las conexiones no van bien o no saben qué hacer con tanto aparato; otros, por temor a perder su trabajo, hacen lo que tengan que hacer y mucho más para mantenerlo; y luego está el factor “ocupo mi tiempo y mi cabeza en algo”, que nos atañe a todos, teletrabajadores o no, por igual.

Está esa loca idea de que hay que estar todo el rato haciendo cosas. Que hay que ser productivos. Que hay que rendir. Un mensaje inoculado en nuestras venas que sigue ahí, dale que dale, aunque la realidad sea otra. ¿Cuál es el problema de estar media hora mirando el techo del estudio? (En mi caso, constatar una vez más que necesita una pintura urgente). ¿Qué ocurre si en vez de dejar los suelos limpios y relucientes me leo el final de La consagración de la primavera? (Que ya me sé, pero emociona igual). ¿Cómo será mi existencia si me siento diez minutos a escuchar el latido de mi corazón? (¿Qué descubro que estoy completamente viva?). 

Y aquí viene la segunda parte, y es que estamos tan acostumbrados a llenar nuestro tiempo, a correr detrás de no se sabe muy bien qué, que el vacío ese en el que no ocurre nada se transforma a veces en abismo. Estamos programados para hacer y hacer de lunes a viernes, y solo los sábados, domingos y fiestas de guardar nuestro organismo los traduce en una orden a la cabeza y los músculos para que se relajen. Así que el resto de los días, al estado de alarma decretado y la alarma propia de la incertidumbre se le une esa extraña sensación que produce la falta de urgencias cotidianas.

Nuestro cuerpo, sin embargo, es sabio, y aún recuerda cuando éramos niños y no había nada que hacer, como mi sobrina pequeña, que se disfraza, pinta y juega ajena a cualquier urgencia que no sea comer y dormir.

Nuestro cuerpo aún tiene grabada sobre la piel la modorra de los días de verano, cuando la única urgencia es echar la siesta después del almuerzo.

Nuestro cuerpo conoce bien la sensación de descanso de los momentos de ocio: la charla con los amigos, una buena peli, un novelón de 600 páginas de esos que me gustan tanto. Unos ratos en los que no hay más urgencia -que es la mía en la mañana de hoy- que saborearlos, como si fuera un rico helado. El mío, de vainilla y chocolate.

Mmmm.

(Música para dejarse ir, propuesta de Manolo Benítez).

 
Rayitos de sol
¿Bailamos?
A cuatro voces
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