Día 77. Cuando era pequeña avanzaba por las aceras de mi barrio a saltos o a pasos largos entre baldosas rosas y blancas. Las primeras formaban rectángulos largos -dos paralelos- y cuadrados grandes -que venían luego al medio-, objetivo principal de mis pies, más pequeños entonces, así que por lo general cumplía mi objetivo, disimulado cuando iba de la mano de mi abuela o más abierto cuando compartía juego con mis hermanas, de no pisar jamás las blancas.
Me las sabía de memoria, tenía calculado cada tramo y el esfuerzo exacto que debía hacer (un brinquito que me alborotaba el pelo, las rodillas raspadas al aire, la cara de disimulo para que no me abroncara doña Ena) hasta alcanzar la esquina, donde a veces las rosas desaparecían y había que improvisar, según como fuera de agarrada esa mano o de severa la mirada, con el objetivo último y único de caer en el asfalto sin rozar el color prohibido en ese ritual que repetía cada tarde de paseo, casi siempre de visita a la calle Pereda.
Cuando crecí, cuando ya caminaba sin supervisión alguna, lo seguí haciendo. Incluso cuando me dio por leer el periódico o un libro mientras iba de aquí para allá -cosas de adolescente-, las extremidades inferiores de mi cuerpo se gobernaban solas, siempre al acecho para no pisar el blanco, como si así pudiera preservar un pedacito de la levedad de la infancia.
Ayer, al asomarme por primera vez en casi tres meses a esas calles, mis pies invitaron a mis ojos a mirar de nuevo, a calcular de nuevo, a punto para el primer salto y los sucesivos hasta llegar a mi destino. Y cuál fue mi sorpresa cuando lo vi todo rosa. Ni un resquicio, ni una oportunidad para el juego.
¿No te acuerdas?, me escuché decir, hace años ya que cambiaron las aceras. Pero en la memoria de mi confinamiento, a la que tantas veces acudí en busca del calor de la inocencia, ese escenario familiar era bicolor, calzaba merceditas blancas y me apretaba (mamá, cómo aprieta) la pechera de nido de abeja.
(Manolo Benítez pone, una vez más, la música).
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