¡Ay, qué dolor tener que reivindicarme frente a la todopoderosa IA! Escribir ha sido y es mi principal medio de vida, y ahora resulta que para ganarme los garbanzos me tengo que medir con una sofisticada tecnología que encima se alimenta (o sea, te roba sin miramientos) de los saberes ajenos y aprende a la velocidad de la luz (perdón, qué antigua, no sé cuál es ahora la medida).
Será que necesito vivir un poco (o un mucho) en el mundo de Heidi, porque hasta el día de hoy, 12 de enero de 2026, mis pensamientos sobre este tema en relación con mi profesión de escribana, periodista, creadora de contenidos, correctora, artesana de la palabra… habían sido más bien escasos y desde luego no me habían quitado el sueño. Pero esta mañana me he visto, actualizando mi dosier profesional, en busca de una frase concisa, clara y atractiva, a modo de titular, que refleje las ventajas de un texto escrito por un ser humano (como yo).
Y claro, me dio la risa (¿nerviosa?), un poco de vértigo, y después decidí darme un baño en la playa, donde siempre encuentro inspiración. Y mientras una ola amenazaba con darme un revolcón (es lo que tiene La Cícer), llegué a la conclusión de que tengo las mismas posibilidades de ganar una hipotética batalla contra ese monstruo que las que tendrían Vanesa o el Zapatero Veloz si pretendieran competir con el Corte Inglés o el Carrefour. O sea, ninguna.
Vanesa es la hija de Miguel, y Vanesa es también el nombre de la tienda de toda la vida que está a la vuelta de la esquina de mi casa, donde lo mismo te vende una quiniela que una botella de aceite Happy Day. Y el Zapatero Veloz está justo al lado, así que el día que tengo que cambiar las pilas del reloj aprovecho para recargar el bono de la guagua.
Ellos, empresarios con más experiencia y cabeza que yo, saben que no pueden hacer nada frente a las grandes cadenas y centros comerciales. O casi nada. O de lo que se trata no es de competir, sino de ofrecer eso que yo quiero explicar en la frase que ando redactando desde segunda hora de la mañana para convencer, persuadir o lo que sea a mi potencial clientela. Porque Vanesa, cuando entro por la puerta, sabe que lo mío no son las apuestas, sino el bono. Y el zapatero veloz, que tengo los pies anchos y que me pirran los Camper… En fin. Aparte de que me reconozcan como alguien del barrio, que a estas alturas del partido es casi un milagro, tengo otros motivos de peso para volver: siempre están ahí, y los servicios que ofrecen, que llevan años ofreciendo cada día, son claros, sencillos y fiables.
Me pregunto si la IA habrá aprendido algo de los cuatro párrafos que acabo de escribir. Seguro que sí (por lo menos a poner paréntesis en medio de las frases). Pero ella (o él, o lo que quiera que sea) no ha estado nunca en el barrio de Guanarteme, ni sabe la putada que es quedarte sin aceite cuando estás a punto de freír unas papas y cómo Vanesa te puede salvar el almuerzo; no conoce el placer de un buen baño de mar ni el gusto de tener los ñoños al aire ni el sabor del salitre; no tendrá la suerte de conocer a otro ser humano, ni de compartir un café a media mañana ni de escuchar sus historias; no tendrá la experiencia, tan humana, de devanarse los sesos, de reír y llorar, de maldecir y sufrir, de ser feliz (como yo) cuando escribe.
(Ni podrá apreciar la belleza de esta canción. A Manolo Benítez no hay IA que le gane a la hora de la selección musical).
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