Día 18. Apareció a las 11.20, justo cuando me disponía a devolver a su sitio la botella del vodka que, a falta de alcohol en los primeros días de confinamiento, utilizo para limpiar el teléfono móvil después cada excursión a la tienda. Allí estaba, con todos sus colores, resplandeciente, sobre las baldosas que tanto me gustan.
¿Será un visión, un espejismo?, pensé, ¿un efecto secundario de las incontables horas pasadas entre estas cuatro paredes? ¿Será que he inhalado los vapores del Tchaikovsky (así se llama el alcohólico elemento) o del Fairy con el que desinfecté cuidadosamente cada envase que introduje en la casa? ¿Será que me habrá sentado mal salir a la calle más tiempo del acostumbrado en los últimos días?
Pero no, mi marío -que fue testigo de los hechos- y la cámara de fotos lo corroboran: un arcoíris se coló esta mañana en mi cocina.
Allí se mantuvo, sobre las baldosas nuevas, cinco infinitos, breves minutos.
Como el recuerdo de un pasado no tan lejano. Como una avanzadilla de la libertad soñada. Como una señal de que mi presente, como el de tantos, está lleno de matices, de colores. Como una llama de esperanza. Como una invitación, entre tantas sombras, a la emoción, a la alegría.
(Selección musical de Manolo Benítez, a punto de hacerme una performance).
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