Mi madre siempre me dice que heredé la fortaleza, la capacidad de seguir adelante y reinventarme, de mi abuela Rosario. Una mujer que pasó de profesora de Latín y propietaria de una escuela en Madrid a mecanógrafa en la guerra civil, en Salamanca, para sobrevivir y mantener a su familia. Luego, cuando acabó la guerra, pudo recomponer su vida y volvió a ser profesora, y así llegó junto con mi abuelo, también profesor, a Tenerife, y por eso fue mi padre a La Laguna a estudiar, y allí conoció a mi madre…
Y después de toda de esa historia, que es mucho más larga y compleja y llena de avatares propios de esos tiempos convulsos, plagados de mujeres fuertes y con capacidad para reinventarse, y después de que nacieran mis dos hermanas, llegué yo, parece que con esos mimbres que caracterizaban a mi abuela paterna.
Me he peleado mucho con eso de la mujer fuerte. Demasiado esfuerzo, demasiada tensión, demasiado tirar de la cuerda, demasiado rigor, cuando dentro de mí hay una mujer con un corazón palpitante, rebosante de deseos, de emociones, de necesidad de disfrute, de soltar, de jugar…
Sin embargo, a día de hoy, y después de muchos tiras y aflojas, doy las gracias por esa herencia, que, por cierto, también me viene de la rama materna, en la que hay toda una saga de mujeres que supieron salir adelante en momentos vitales muy complicados; mujeres de carácter, con lo mal visto que estaba, y que está todavía.
Por suerte, yo no viví una guerra, no cayeron bombas a mi lado. No pasé hambre, no tuve que recorrer medio país para poner a mis hijos a salvo. He tenido la inmensa fortuna de tener una buena vida. Pero sí es verdad que sufrí en mis carnes una guerra virtual. Una agresión soterrada en forma de acoso laboral de la que todavía me quedan algunas heridas. Una especie de muerte en vida en una jaula de oro de ocho a tres, en la que no me dejaron ejercer mi profesión. Así durante cinco largos años.
Por suerte, no lo lograron. De la misma manera que mi abuela Rosario sacó provecho de su curso de mecanografía, yo me agarré a mis pasiones, a las formaciones y a las experiencia que había ido atesorando en otros ámbitos, y las junté con el periodismo y la comunicación para inventarme algo a mi medida.
Por suerte, me atreví a abrir mi corazón, a mostrar una parte de mí que igual no eran tan «pública», y recibí el apoyo y el sostén de muchas personas en esos tiempos tan difíciles. Ellas me acompañaron, me escucharon, me abrazaron, enjuagaron mis lágrimas. Me invitaron a café. Me abrieron puertas, me dieron ideas, sus bendiciones, para ir construyendo, mientras tanto, mi propio camino hacia la libertad laboral.
Por suerte, había una mujer fuerte dentro de mí. Una mujer llena de coraje que siempre estuvo a mi lado, que me sostuvo en las horas más oscuras, que me ayudó, junto con la otra, la del corazón palpitante, a encontrar la forma de salir.
Por suerte, este año, el segundo de mi nueva vida, me llegó una propuesta laboral protagonizada por mujeres. Y así, a través de los relatos de las Mujeres del vino de Gran Canaria, que escuché y escribí emocionada y agradecida, pude escuchar mi propia historia. Así somos: mujeres fuertes, llenas de coraje, sí, de arrestos para lo que haga falta; y también mujeres rebosantes de sensibilidad, amor y pasión.
Gracias a todas ellas —y a todas las mujeres de mi vida— por recordármelo.
(Y gracias a Manolo Benítez por estar siempre ahí. Con su música y sus flores).
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