La verdad es que es difícil no ser madre en el día de la madre. Aunque en los últimos años, para no herir susceptibilidades, se amplían los mensajes a las mujeres que, sin ser madres por ley o por sangre, lo son por los cuidados o por su forma de estar en el mundo…, lo cierto es que, lo digan como lo digan, las mujeres que no hemos podido ser madres aun queriéndolo a toda costa sentimos ese día (o al menos yo), cuando empieza el bombardeo que ahora se ha puesto tan de moda, cómo se nos encoje un poco el corazón.
¿Tienes hijos?, me preguntan. Y cuando digo que no, casi siempre recibo algún tipo de comentario que, de alguna manera, me toca lo que antes era una herida que parecía que no se iba a cerrar nunca y que ahora, por suerte, es una cicatriz: cuando la rozas, la piel se siente diferente, un poco rugosa, más dura en apariencia y más sensible en realidad.
Porque para aceptar que, aun queriéndolo, ya no vas a ser madre, hay que entregarse al misterio de la vida, esa que elige por ti y no puedes hacer nada, transitar el duelo; y, al mismo tiempo, tienes que poner todo para avanzar y abrirte a lo nuevo, donde no hay descendencia, pero sí la posibilidad de trascender de otra manera. De muchas.
Prefiero, en estos días de celebración del día de la madre, que lo vivan sin tapujos las que son madres. Que no me hagan señales para que me sienta parte, que no me hablen de las diferentes maneras de vivir la maternidad. Sé que lo hacen de buena fe, pero yo, que quise serlo pero no pude, no me siento concernida en esa celebración, le pongan el color y el lazo que le pongan.
Creo, más bien sé, que la cicatriz siempre va a estar ahí. Y me recuerda no solo lo que no pudo ser, sino también lo que sí: una vida plena, llena de amor y belleza y creatividad, que volví a saborear y a valorar cuando pude, o más bien pudimos (porque al fin y al cabo tener hijos es una cosa de dos) cruzar el abismo.
Así que, ¡que vivan las madres (la mía la primera), y las que no lo somos también!
(Música para todas, cortesía de Manolo Benítez)
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