Y el cuerpo se hizo palabra

Y el cuerpo se hizo palabra

Desde muy joven, mi «arma secreta» —y no tanto— ha sido la palabra. En ellas me refugié, en forma de novelas y de folios y folios en los que volcaba todo lo que se me pasaba por la cabeza, en la adolescencia. Después aprendí a usarlas para contar historias ajenas —me hice periodista— y también —eso lo comprendí más adelante — para callar aquello que me costaba expresar con todo mi ser. El bla bla bla bla es muy útil cuando no se quiere decir nada, cuando se quiere jugar al despiste, cuando se teme al silencio y a lo que viene detrás.

El cuerpo lo descubrí después. Como si fuera algo ajeno a mí, era un ente extraño con el que tenía que convivir y que estaba debajo de la ropa. A las jóvenes de mi generación —por aquello del pecado, que andaba coleando, de las normas estrictas y de todo lo que las mujeres que nos precedían llevaban a cuestas— nos costaba mostrarlo; todavía recuerdo cómo las alemanas de mi colegio se cambiaban sin pudor después de la clase de deporte en el vestuario mientras las españolas nos escondíamos en las cabinas de las miradas ajenas y juraría que hasta de las propias.

Por eso, cuando de verdad supe de mi cuerpo, de todo lo que cargaba y también de su potencia, fue cuando hice, con 24 años, mi primer taller con Graciela Figueroa: bailarina uruguaya, terapeuta, maestra de Movimiento Armónico-Sistema Río Abierto y de mucho más, un ser de otro planeta. Con ella descubrí la felicidad del movimiento. Las infinitas posibilidades del cuerpo, de los cuerpos, para conectar con lo de fuera y lo de dentro, para dar voz a quienes somos, a lo que sentimos y pensamos.

Y mis palabras se volvieron otras. Las dichas y también las escritas. Comprendí que lo que yo necesitaba expresar requería mucho más que un bolígrafo y un folio en blanco. Y que podía dejarlo salir más fácilmente, y de una manera más profunda, si primero anclaba mis pies al suelo y luego los echaba a volar; si dejaba que mis vísceras se expresaran; si me permitía, de a poquito, abrir las compuertas de mi corazón; dejarme ver y ser vista.

Así, las palabras empezaron a hacerse cuerpo y el cuerpo, palabras, en un viaje de ida y vuelta que nunca acaba. Y entre medias, ahora sí bienvenido, con todo lo que viene detrás, el silencio.

(Tremenda conversación entre Mina y Alberto Lupo. Ella no se cree nada… El tema es un regalito de Manolo Benítez, el que pone música a mi vida. El cuerpo que se asoma en la foto es obra de otro Manolo, González, escultor y amigo). 

Momento IA (¡ay!)
Gracias a todas las mujeres
Agosto / Entre el ruido y el silencio está el mar
↑