A las 05.00 horas del día de hoy fue hallado en el suelo del pasillo de la casa de una pareja de mediana edad un intruso en forma de pan. Los hechos ocurrieron cuando un hombre de poco más de sesenta años se levantó, medio adormilado, para beber agua y de camino a la cocina vio un bulto extraño.
Dada la hora, y ante la posibilidad de que fuera una novedosa deriva del fenómeno therian, decidió acercarse con cautela, pero enseguida comprobó — y en eso, teniendo en cuenta sus antecedentes familiares, cuenta con autoridad acreditada— que se trataba, con un grado de certeza de un 99 por cierto, de un humilde pan, de esos de toda la vida hechos con harina y agua; de esos que hace años aparecían como por arte de magia en las casas, solo que por fuera, dentro de una talega o en una bolsa de plástico colgada del manillar de la puerta.
La inspección, ocular primero y después táctil, también le permitió certificar que no tenía más de 24 horas de vida.
El susodicho asegura que era un intruso, que no lo conocía de nada, que no lo había visto nunca. Que él mismo había introducido en los últimos días dos ejemplares en la vivienda que podían ser parientes lejanos, procedentes del supermercado, pero que en nada se parecían en la forma y que a estas alturas solo quedan las migas en un cartucho. Que cuando la mujer, de más de cincuenta años y poco aficionada a ese tipo de ejemplares, se levantó a las 07.15 horas y descubrió al intruso sobre la mesa del comedor, a donde lo había trasladado en la bruma de la noche, le preguntó, asombrada, sin atraverse a tocarlo: ¿y este pan? Que él no supo qué decirle, a pesar de que, desde el hallazgo, había estado barajando varias opciones, todas muy inquietantes y ninguna muy plausible.
¿Cómo llegó el pan al pasillo de la vivienda de esta pareja a altas horas de la madrugada? ¿Cuáles eran sus intenciones?
Dado que existen pocas probabilidades de que se haya producido el fenómeno de la reproducción de los panes (y los peces), tampoco el de los panes caídos del cielo ni el de los que vienen debajo del brazo, todo apunta a que el intruso llegó volando por la ventana, aunque hay que reconocer que para eso hay que tener mucha pericia. Las migas —muy poquitas— halladas alrededor son compatibles con un choque abrupto con el suelo o la pared del pasillo. En todo caso, toda la operación se realizó con mucho sigilo (o la pareja estaba profundamente dormida en el momento del aterrizaje).
Y aunque la impresión inicial era que se trataba de un caso aislado, sobre las 08.15 horas la mujer encontró un segundo ejemplar, este sí, con toda certeza, de la misma familia, sobre la acera de una calle situada a una manzana de distancia del primer hallazgo.
¿Casualidad? ¿Un complot? ¿La prueba inequívoca de que el mundo se ha vuelto loco? ¿Una invasión? ¿Una señal divina?
Por si acaso, el primer ejemplar acabó en la basura. El segundo igual se convirtió, por aquello de los milagros, en un suculento bocadillo.
(Historia basada en hechos reales, juraíto). (Costó, pero al final Manolo Benítez encontró una música a la altura del suceso).
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