El sábado vi una estrella de mar

El sábado vi una estrella de mar

Si trabajara en un periódico, hoy escribiría sobre alguna de las noticias que nos llegan del mar.

Del hantavirus y de las personas (tripulación y pasajeros) encerradas en el MV Hondius frente a Cabo Verde, me imagino que con un grado de angustia difícil de gestionar, que están a la espera de que las autoridades varias se pongan de acuerdo (y eso daría para unos cuantos capítulos) sobre cómo se va a desarrollar su vida en los próximos días y, de paso, dejen de tirarse los trastos a la cabeza.

De los 97 migrantes que este lunes llegaron, gracias a la Salvamar Diphda, al puerto de La Restinga. Claro que esto, a pesar de las cifras llamativas —39 menores, de los que 5 son lactantes y 23 sin un adulto a su cargo—, a estas alturas del partido apenas entra en la categoría de noticia. A nadie parece preocuparle demasiado, al menos no lo manifiestan públicamente, dónde pernoctarán hoy, mañana… ni qué va a ser de sus vidas.

Pero como no trabajo en un periódico, sino que escribo en mi propio medio y sobre lo que me apetece, hoy comparto una noticia que viene de aquí al lado, de la playa de Las Canteras: este sábado, a eso de las diez de la mañana, vi una estrella de mar.

Ya, ya lo sé, no es de rabiosa actualidad, en estos tiempos, el sábado fue hace un siglo y la noticia ya caducó. Pero no me dirán ustedes que, pese a todo, el hecho en sí no merece un titular. A mí me dio una alegría que todavía me dura.

La cosa fue así: estaba yo debajo del agua —que es como más me gusta estar—, disfrutando por fin de un baño después de tanto temporal, cuando de pronto la vi, allá al fondo, posada en la arena, con sus cinco bracitos, de color marrón. Saqué la cabeza para tomar aire —¿habrá visto visiones?, pensé— y volví a zambullirme. Ahí seguía, tan tranquila.

Me dieron ganas de acercarme, de decirle algo, de hacerle una foto, de contarle lo emocionada que estaba. Al fin y al cabo, la última vez que estuve en contacto con una de su especie la había metido en un balde rojo, cubierto de agua y con un fondo de arena, y acabó con un brazo cercenado. ¿No dicen que la infancia es la edad de experimentar? Pues eso.

Desde entonces no se había cruzado ninguna en mi camino, así que aquello me pareció una señal. Me dirán: qué tontería, Charo, solo es un equinodermo de simetría radial (lo miré en la Wikipedia) de los de toda la vida. Y si te bañas en Las Canteras, lo normal es que veas todo tipo de fauna marina. Incluido la susodicha.

Pero qué quieren, el mundo anda bastante feo allá afuera, y yo necesito, como todas las personas, como los pasajeros y la tripulación del barco fondeado frente a Cabo Verde, como los 97 migrantes que llegaron el lunes o los que están por llegar, agarrarme a algo para sostener la esperanza. Y qué mejor que la aparición de una estrella en el fondo del mar.

(Precioso tema el que nos propone Manolo Benítez. Un poco triste, eso sí).

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