En los días eternos del confinamiento, allá por el 2020 —¿se acuerdan?, se cumplen ahora apenas seis años de aquello y hacemos como que no pasó— tomé prestados de Alfredo Bryce Echequine los títulos de dos de sus obras: la novela No me esperen en abril y su segundo tomo de antimemorias, Permiso para sentir. El primero, para dar carpetazo a un mes que se llevó la vida de tantas personas. El segundo, por la necesidad urgente que tenía de abrir pequeñas ventanas en el corazón, aun a riesgo de desborde.
Porque en esos días inciertos y terribles, sentir podía tener consecuencias incalculables, así que había que hacerlo todo a cucharaditas, poco a poco. ¿Cómo darse permiso para escuchar el latido del corazón tembloroso, con todos sus miedos, paranoias y también esperanzas, si no había escapatoria posible; si en cualquier momento la desgracia ajena se podía volver propia; si a lo mejor no tenías —por suerte no era mi caso— con quién compartir el dolor, la pena, la angustia, la incertidumbre?
Bryce Echenique me prestó, sin saberlo, esos títulos que yo hice míos en el blog loco que empecé a escribir, y que publiqué a diario hasta que se acabó el Estado de Alarma, para no volverme loca. Y también me prestó, como un refugio seguro y calentito, la hondonada del colchón de Martín Romaña, personaje de dos de sus novelas. Martín tenía su lugar favorito en ese lugar de la cama entre él y su amada, Inés, donde el colchón, por la acción del tiempo y del peso, le daba abrigo; donde se encontraba con ella y después, en los días de soledad, la añoraba.
A mí, en ese tiempo de «arresto domiciliario», cuando las cosas se ponían realmente feas allá afuera, me daban ganas de acurrucarme en la hondonada que Bryce inventó como refugio; cerrar los ojos y hacer como que todo era un mal sueño.
Sospecho que no era la única.
Sospecho que las personas más vulnerables de todos los países donde los locos de Trump y compañía están metiendo sus zarpas tratarán con todas sus fuerzas de encontrar un hueco, por minúsculo que sea, donde sentirse a salvo al menos por un rato. Y me temo que el mes de abril que está por llegar será para ellas, como ahora, una pesadilla.
Gracias, Bryce, por la hondonada. Por hacerme reír con tus historias. Por todo lo que aprendí en el curso al que asistí contigo hace tantos años. Leerte, escucharte, conocerte en persona me inspiró, me dio alas para seguir escribiendo sin complejos, con pasión, humor y sin tanta mesura; para mostrar mis propias costuras y desvelar ese parte un poco desmesurada e intensa que, como Martín Romaña, como tú, llevo dentro.
(De un grande de la literatura nos vamos a una grande de la música, Chabuca Granda. Peruana ilustre, como Bryce Echenique, que nos ha dejado temas memorables. Manolo Benítez eligió este, no tan conocido, para acompañar mis palabras).
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