De la misma manera que Santa Teresa veía a Dios hasta en en los pucheros, a mí las musas me vienen a visitar últimamente al final de mi práctica de yoga. Cuando ya lo he «dado todo» (como se dice ahora) y estoy tumbada boca arriba en savasana (o sea, en la postura del cadáver, en la que ya se supone que ni siento ni padezco), las ideas empiezan a brotar por sí solas: un ejercicio para un taller que estoy preparando, una frase que no sabía bien cómo construir, el título para un artículo…
Hay muchas teorías sobre la inspiración. Yo que me he dedicado toda la vida a la escritura, a la creación y a la gestión de la comunicación, sostengo que delante del ordenador, en frío, es muy difícil que surjan las ideas. Normalmente aparecen cuando menos te los esperas. Si además tenemos un trabajo estresante, tipo apagafuegos, con un teléfono que suena todo el tiempo, gente entrando por la puerta, el wasap que no para, el correo electrónico, de nuevo el teléfono… a veces es casi un milagro que se nos ocurra una idea feliz, que encontremos la palabra precisa, una frase brillante o la solución a un problema.
En esos casos, si el atasco persiste y no encuentras esa respuesta que buscas, lo mejor es tomar distancia y hacer otra cosa. Algo que no tenga nada que ver, a ser posible algo físico que te despeje la mente.
Antes de que la esterilla fuera mi lugar de cita con las musas, fregar los platos siempre me aportaba grandes beneficios. Vaya por delante que es una tarea que no me gusta. Pero en ese proceso de poner jabón en la esponja, abrir el grifo, dejar que el agua corra, enjabonar y luego aclarar, he gestado proyectos que hoy siguen en pie en el Hospital Dr. Negrín, he encontrado caminos para despejar una crisis de comunicación… y de paso ha contribuido al orden doméstico (que no es poco).
Si no te puedes concentrar para escribir, si no se te ocurre nada para un proyecto que estás preparando, si solo hay ruido en tu mente, lavar los platos, cocinar, cantar, bailar, darte un paseo, hacer yoga o punto de cruz pueden ser buenas opciones para aclararte.
¿Por qué?
Porque sueltas lo que te preocupa. A veces si estás demasiado encima de algo no tienes perspectiva.
Porque el cuerpo te ayuda a conectar con el presente, con lo que está sucediendo ahora. Y lo que era una bola enorme y oscura se convierte en algo más luminoso y manejable.
Porque la mente, en un estado de vacío, se reordena, está más disponible para lo que puede venir (¿la inspiración?).
El truco está en soltar, en dejar de estrujarte el cerebro, en ocuparte por un rato de algo diferente, en confiar en que tus musas encontrarán, sin tanta presión, su camino.
(Pues Manolo Benítez dijo Aute, y aquí está Aute con La belleza. Él sí que encontraba siempre la inspiración).
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