Manual de instrucciones

Manual de instrucciones

Día 26. La realidad allá afuera es tan apabullante que no puedo sino dedicarme a los asuntos domésticos. Es la única manera que he encontrado para no dejarme arrastrar por las cientos de miles de preguntas que se agolpan en mi cabeza en cuanto abro la ventana más allá de lo recomendado por mi médico. La información la tomo en dosis homeopáticas, solo lo suficiente para saber a lo que atenerme en un tiempo limitado y en cuestiones prácticas. La opinión la consumo en escasas ocasiones, solo si viene de la mano de fuentes fiables para mí. Que son pocas.

Quizás sea exceso de celo, ese mismo que ha hecho que un tarro de yogur y uno de kéfir se me quedaran olvidados en el patio del confinamiento y ahora resulta que no me los puedo comer. Cuando me di cuenta ya era demasiado tarde para salvarlos, así que estoy entre dejarlos allí como prueba de lo que no debo hacer, iniciar un estudio científico sobre qué le ocurre a los productos lácteos cuando están mucho tiempo fuera de la nevera en un medio húmedo y salino, o tirarlos directamente a la basura y tirarme de los pelos por mi imperdonable despiste.

Esto me pasa, me decía mientras me empezaba a tirar de los pelos, por esta tendencia mía a la obsesión que me hace comprobar, a media noche, si está apagado el fuego de la cocina, cuando resulta que la nueva se apaga sola. ¿Habré desenchufado la plancha?, decía en aquellos tiempos en los que salía a trabajar, una pregunta reconvertida a ¿me habré lavado las manos?

Pues resulta que no soy tan rara. Otras muchas personas han desarrollado métodos varios para ir y venir de la compra, que habrá que patentar o someter, como lo de mis productos lácteos, a estudio. Y parece ser, después de los últimos anuncios gubernamentales, que los obsesivos no estábamos tan desencaminados.

Ahora, por fin, dicen que van a sacar un manual de instrucciones oficial para estos asuntos que tanto me estresan y que hacen de una salida a la calle un auténtico maratón, como el que corre cada día mi vecino de arriba. Aquí estoy, esperando a que lo publiquen para aplicar las recomendaciones de las autoridades sanitarias.

Y mientras aguardo instrucciones, sentada frente a la pantalla del ordenador, me han dado ganas de saltarme la cuarentena informativa, algo que solo me permito cuando me cercioro de que podré hacer la digestión. Mi alma de periodista tiene hambre, pero no de datos ni de información pura y dura. Tiene hambre de historias. Las de las personas que han salido adelante, las de quienes acompañan a las que están solas en sus últimos momentos; las historias de los que ahora llaman “héroes”, esos que siempre han estado ahí, con y sin pandemia, ejerciendo sus oficios; las historias de quienes viven en la incertidumbre, las de quienes nos desvelan algunas de sus pocas certezas.

Tengo hambre de tantas cosas que debo racionar, y ninguna de ellas es comida. Quizás, piensen algunos, esta cuarentena informativa sea, una vez más, exceso de celo. O quizás, pienso yo, es que soy de lágrima fácil. O es que no tengo un manual de instrucciones para manejar tantas emociones sin echar mano de un cálido abrazo.

Qué suerte la mía que, al menos de momento, en esto de los abrazos voy bien servida.

(Y tampoco falta la música. Las cosas de Manolo Benítez).

 
Ni fecha en el calendario
No hay sancocho pa tanta gente
Placeres veniales
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