Placeres veniales

Placeres veniales

Día 23. El tarro de nocilla aguarda su turno en el primer armario de la derecha, ese destinado, como en toda cocina que se precie, a las cosas dulces. En este caso, chocolates varios y galletas que van y vienen mientras él, o más bien ella, sigue ahí, casi en el borde de la estantería: en el mismo sitio donde fue colocada con celo y ojos golosos el día en que decretaron la falta de libertad. Allí está, intacta, como una provocación o un desafío, a la espera de que alguien, por fin, se atreva a pecar.

Los que saben de estas cosas pronostican que caerá esta semana, por aquello de que es santa, y a falta de procesiones, nada mejor que darse un buen atracón. Aunque habrá que tener en cuenta que aún faltan catorce días hasta la fecha soñada, esa en la que, teóricamente, podríamos atrevernos a poner una patita en la calle sin que sea un pecado, un transgresión de las normas o una temeridad. Por lo tanto, es posible que los expertos fallen y la vida de esta potencial fuente de placer (y de colesterol, dicho de paso) pueda, como los estados de alarma, prolongarse un poco más en la estantería de mi cocina.

¿Y por qué no comérsela ahora, de una sentada? Pues porque está comprobado científica y humanamente que aquello de lo que carecemos es lo que más despierta nuestros anhelos y también nuestros sentidos. Imaginar pero no ver, en este caso ver pero no probar; fantasear con la posibilidad de algo sin que se llegue a materializar el deseo puede ser una experiencia sublime.

Como mirar el mar, contemplar el ir venir de las olas. Posar la vista en el horizonte. Imaginarme los pasos sobre la arena, el fresquito en los pies, el grito inevitable al entrar en el agua en esta época del año, la sensación de liviandad y descanso al zambullirme y después dejarme caer. Poder, mientras me seco al sol en la orilla, olvidarlo todo y recordar a la vez. Estar allí aunque esté aquí, a unos pocos metros del mar.

Cada cual fantasea en estos días con sus propios placeres veniales. Algunos podemos hacerlos realidad, como el de bailar con la música a todo volumen, como el de trasnochar con una buena película, como el de una comida rica con vino y buena compañía, como empezar una novela, como escribir lo que se me pasa por la cabeza, como reencontrarme con las amigas por la vía que estos tiempos nos permiten, como otras muchas cosas a las que no voy a poner palabras… Incluso devorar la nocilla de una sentada será posible para el que con tanto deseo la compró.

Otros placeres, como saborear mi anhelada playa, tendrán que esperar. 

(Pasodoble dedicado a otro de esos placeres, los suspiros, cortesía de Manolo Benítez, como las truchas de la foto).

 
Cuestión de musas
Melena al viento
Huevos al patio
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