Día 79. Aunque sé que en algunos casos está contraindicado, hoy que me llegaron los zapatos nuevos me pareció un buen momento para echar una ligera mirada hacia atrás (no mucho, apenas 78 días) con el propósito de cerciorarme de que lo que viví no lo soñé, de que la despensa está repleta de latas y mi compañero de vida teletrabaja porque realmente pasó lo que pasó: yo, como millones de personas, me encerré en mi casa para evitar la propagación de un virus, sin fecha conocida para retornar del destierro.
En esos tiempos -le contaría a mis nietos- solo salía a hacer la compra y a tirar la basura. Hubo días en los que pisaba la calle de oído y de vista; a veces, con eso hacía una fiesta. Cada vez que traspasaba el portal y me daba un rayo de sol en la cara me parecía el inicio de una gran aventura en la que lo más banal, desde cruzarme con otro ser humano en la misma acera hasta pagar la cuenta, entrañaba un peligro potencial que, por cierto, era invisible, lo que aportaba un extra de paranoia a cada pensamiento, a cada gesto.
Había policía, militares, estado de alarma; vivíamos, casi hasta respirábamos, a golpe de decreto y, cuando al fin pudimos sacar la primera patita, con el aire fresco retornó la bronca, a pesar de que habían muerto, seguían muriendo, muchas personas, muchas, sin el calor de su familia, muchas, con la mano sostenida por quien sabía de la necesidad del ser humano de una mano amiga, aunque esté enfundada en triple guante y, además, apenas sepa quién es.
En esa época extraña –le explicaría a esos nietos o a algún extraterrestre que osara visitarnos- había paro, desolación, miles de preguntas sin respuesta, miles de millones de vidas, de familias, de presentes y de futuros en vilo. Y a pesar de todos los dramas por momentos parecía que las misas, el fútbol, las banderas y una cierta estupidez humana con la que el virus no pudo eran más importantes.
Pero había, lo juraría, señales para la esperanza. Algunos verbos, doy fe, se conjugaban con más fuerza: compartir, crear, sentir, escuchar, aplaudir, soñar, wasapear, reír, llorar, añorar, mirar, jugar, cantar, bailar, gritar, esperar, fantasear, discutir, acordar, saludar desde la ventana; con suerte, trabajar; con suerte, abrazar.
Todo eso pasó. Todo eso y mucho más está pasando todavía. Al menos es lo que leí en este diario que empecé a escribir hace apenas un rato. No sé si tendré que volverme a encerrar. Solo sé que es tiempo de mudanzas, de cambio de piel. Mañana me pondré zapatos nuevos.
(Los míos son azules, pero valen igual. Propuesta musical de Manolo Benítez).
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