En la vorágine de los días se nos olvida quiénes somos. Y a veces las cosas simples, como un globo echado al aire, nos devuelven a ese lugar de inocencia que todas las personas necesitamos habitar cada tanto: sentir eso que está incólume, conectar con lo esencial, que late, como un bebé, en nuestro interior y que pide a gritos —a veces callados— que le demos un lugar. Da igual la edad que tengamos, el origen, el color de nuestra piel, nuestras capacidades, preferencias, gustos…
Ayer trabajaba con un grupo de jóvenes con hambre de futuro y con un presente difícil, y de pronto la rueda infernal que gira y gira como pollo sin cabeza se paró por un rato: lo único que importaba en ese momento era el globo que teníamos en las manos, cada uno con su nombre y algún dibujillo hecho a la carrera. De entrada, se pusieron a jugar con él y entre ellos sin esperar a mi consigna. Buen síntoma, pensé. Y después tuve que ponerme más o menos sería y acudí a una rana que me da un poco de autoridad para poner orden en la sala.
La verdad, me costó que me siguieran, porque un globo es un globo: liviano, juguetón, indómito, aventurero. Cuando se eleva te dan ganas de ir con él en busca de aventuras, surcar el cielo, flotar por encima de las cosas, ver el mundo desde otra perspectiva; y cuando va cayendo, el impulso es tenderle la mano para que vuelva, y tú con él, a las alturas. Así que la propuesta tan bonita de ritmos con globos que traía en mi chistera para estos jóvenes se convirtió, por suerte, en una fiesta de color y risas.
Misión cumplida. Yo les llevé los globos y ellos me llevaron, una vez más, a lo esencial:
Estar en presente.
Sentir, por un segundo, la conexión con la vida.
Jugar por jugar.
¿Y qué tal si rompemos un poco las reglas?
Sentirnos parte, sin tener que demostrar nada.
Volar, como un globo.
Y luego, suavemente, aterrizar.
(Hoy el reto para Manolo Benítez, el que pone a la música a mis letras, era no acudir a lo obvio. Así que aquí van dos propuestas, las dos maravillosas para seguir jugando y volando).
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