Sumerjo mi cuerpo bajo la frías (ya no tanto) aguas del norte de mi islita y todo mi ser se recoloca en un segundo. Los ruidos son otros: el motor del barco, con un zumbido leve pero tan persistente como una mosca de esas que se te acoplan al pie en un día pegajoso de verano; los gritos de la chiquillería, que llegan, matizados por el agua salina, como un recordatorio de que es tiempo de juegos y fiesta; las burbujas que salen de mi boca y mi nariz cuando voy soltando el aire; los callaos, que van chocando entre sí como cuentas de collar; mi cabeza. ¿Mi cabeza?
En el mar, la llave de paso se cierra en mi cabeza. El ruido, ese disco rayado del día a día, se acalla, y se abre otra compuerta: la de la presencia, que inunda todo lo demás.
En el mar, son mi piel y mi corazón los que mandan, los que se dejan seducir por el placer de llegar hasta el fondo, de sacar la cabeza para coger aire y zambullirme de nuevo, de nadar un trecho y después dejarme estar, boca arriba, con los brazos abiertos; de volver, una vez más, a sumergir todo mi cuerpo.
Dice mi madre que de chica me pasaba la vida bajo el agua. Que más de una vez pensó que me había perdido en la playa, hasta que mis pelos largos y rubios reaparecían por unos segundos —y así ella me localizaba—, para volver a donde, ya desde entonces, estaba mi particular paraíso. Ese lugar donde lo que quiera que sea que esté ocurriendo fuera, o dentro de mí, enmudece para dar paso a momentos de quietud interna en los que solo cuenta la inmensidad del océano y los pequeños instantes de felicidad que me regala.
Como ahora, mientras escribo y evoco eso que no se puede describir con palabras; me paro, echo la vista al horizonte y me lo encuentro una vez más. Si me dejo estar, como en el agua salada, si me dejo llevar sin esperar nada, puedo volver a saborearlo. Como un manjar.
(La música para estos días de verano y mar la pone, como siempre, Manolo Benítez).
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