Así estoy desde que ayer por la tarde mi oculista derramó sobre mis delicados ojitos las gotas que sirven para dilatar las pupilas y que me hacen sentir como si tuviera un colocón —sin haber consumido ninguna sustancia— o estuviera envuelta en una bruma de calima —de esto si hay un poco…—. Y aunque ya han pasado unas cuantas horas, mientras escribo estas palabras sigo viendo más o menos la pantalla del ordenador y más menos que más la vida de allá afuera.
Solo la página en blanco —como esta que hoy emborrono a tientas—, las novelas, las series americanas en las que el protagonista inicia una nueva vida en un pueblito perdido entre las montañas y La Promesa (que es como una novela de esas muy gordas que me gusta leer, pero en formato televisión) me dan un respiro entre tanta realidad imposible de entender y mucho menos de asimilar.
Vamos, que no quiero ni verla.
De modo que, mientras llega el fin del mundo gracias a la IA (eso dicen ahora) y a toda la panda de miserables que juegan con nuestras vidas, sobre todo con las de las personas más vulnerables, ando entregada al mundo de la ficción, o de la negación, o de taparme los ojos, los oídos y lo que haga falta para que el ruido, el odio, la violencia, la manipulación, la mezquindad, el postureo, la ambición, la voracidad… no se cuelen por la rendija de mi ventana, por los poros de mi piel; no sea que contaminen mi alma, tan cándida ella.
A día de hoy, prefiero vivir más enfocada en los pequeños detalles de la vida cotidiana y un poco desenfocada de las contiendas que se libran allá afuera. Y este filtro provisional que me brindó el oculista, con el que la pupila se hace más grande, entra más luz en los ojos y todo se vuelve un poco psicodélico y otro poco irreal, creo que es la pócima perfecta.
Tendré que hacerme con un par de botes, a consumir en pequeñas dosis, para seguir viviendo, aunque sea a ratos, en los mundos de Yupi; o en el de Heidi, que es más de mi generación, trotando con Pedro por las montañas.
(Vaya temita eligió Pedro, ¡perdón!, Manolo Benítez, para acompañar mis palabras. Soledad. de Emilio José).
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