El día en que quitaron el cartel de Casa Carmelo, con el inconfundible azul de Pepsi, supe que mi barrio de adopción ya nunca sería el mismo.
Ya hacía un tiempo que el templo de los pulpitos había cerrado sus puertas, y con él todas las historias confesables —y no confesables de carácter etílico— de ese paradero de Guanarteme de toda la vida. Pero ver el cartel me daba esperanza. Me agarraba a él para seguir confiando, por eso de mi alma cándida, en que no todo estaba perdido en el barrio de mis amores, donde me he acostumbrado a dar los buenos días con una pequeña inclinación de cabeza a mi vecino de la calle California que se sienta cada mañana en la puerta de su garaje a escuchar la radio o a leer al periódico; donde la mujer que vive enfrente me regala, cada vez que me la cruzo con su perro, una sonrisa franca, de esas que despejan las legañas y abren un poquito en corazón.
¿Cómo es posible que ella se fijara en mí?, me pregunté la primera vez que me dirigió la palabra, hace ya más de veinte años. Después yo también fui fijándome en las personas y reconociendo el paisaje y al paisanaje: a ella con sus perrazos, a los que mi Susi, tan cándida como yo, apenas se atrevía a acercarse; a mi vecino de esquina que se sentaba a ver gente pasar mientras se fumaba un cigarro; al señor del puro y pelo cano que cada día se echa sus paseos delante de la ventana de mi cocina; a Miguel, el de la tienda que ahora lleva su hija Vanessa, que un par de veces me fio porque me había quedado corta de perras; a Rómulo, el del taller que estaba enfrente, que cuando me mudé, sin conocerme de nada, me prestó la luz para que pudiera montar mi cocina…
Así, fui sintiéndome parte, aunque también sabiéndome intrusa en un barrio de gentes que lo habían construido con sus propias manos: de casas humildes, muchas de ellas tapiadas con el paso de los años, que luego pasaron a ser escombros para resurgir en forma de edificios con viviendas impagables para quienes pusieron en pie Guanarteme. Como ha ocurrido con los talleres de toda la vida, hoy casi una reliquia: el que estaba allá arriba —justo frente a donde un enamorado de los Mini atesora varios en su garaje y los saca de paseo cada tanto— pasó en los últimos tres años de «se alquila» a «se vende», y desde hace un par de semanas es un espléndido solar. ¿En qué se convertirá? ¡Hagan sus apuestas!
En fin, no me quiero deprimir ni deprimir a nadie; al fin y al cabo, me senté a escribir para anunciar que no todo está perdido. Que, a pesar de que las señales apuntan a que entramos inexorablemente en la fin del mundo, hace un ratito los papagüevos recorrieron las calles de mi barrio al son de las bandas de música. Un instante luminoso protagonizado por unas figuras humildes rodeadas por la algarabía de la chiquillería, que me recordaron, una vez más, la alegría —¿y la esperanza?— que dan las cosas sencillas, cercanas, humanas.
(Que dice Manolo Benítez que para estas palabras esta música. A Banda, de Chico Buarque).
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