Día 24. Una mujer rubia se alonga por el ventanuco de una casa de dos plantas, una vivienda humilde, con más muros que ventanas, como tantas que fueron construidas con las manos de quienes fundaron el barrio donde vivo. Camisa malva de andar por casa, gafas de concha, mirada sedienta de gente. No señora, me dan ganas de decirle, hoy no hay procesión, ni tan siquiera la están preparando, como sería lo normal en un Jueves Santo normal, en el local de la iglesia cuatro metros más allá.
Como si ella no lo supiera, me respondo, en ese diálogo interior que, a medida que avanza la cuarentena, se va volviendo más intenso. No hay procesión ni misas, no hay niños en la plaza ni coches en la acera. No hay surferos descalzos ni familias completas haciendo tiempo para comerse unos calamares, preludio del sancocho de mañana, en un bar de Las Canteras. No hay cola para quitarse la arena de los ñoños, no hay aguavivas que maldecir, no hay guiris que combinen papas arrugadas con sangría.
Hoy, señora, por no haber no hay ni un cielo azul, de esos que te invitan a ir al sur a pasar el día, aunque esté lleno de gente. Como ya habrá comprobado desde su ventana, hoy el cielo amaneció gris, quizás para evitarnos las tentación, para recordarnos que, por cuestiones de calendario y de decreto, es tiempo de recogimiento, de estar en casa.
Lo que sí hay señora, y seguro que a usted le pasa lo mismo, son ganas de comer sancocho. Y no porque sea santo de mi devoción. Más bien porque, para esta unidad familiar, siempre es una excusa perfecta para cruzar al otro lado del Misisipi, allá donde no hay chiquillos en bañador ni huele a salitre. El sancocho de un día como mañana es siempre un buen plan para comer entre amigos al otro lado de la ciudad. Y, si la jornada se alarga, para pecar a la noche con un buen chuletón con papas fritas.
Socorro, señora, me acabo de dar cuenta de que últimamente solo escribo sobre comida. Me voy, no sea que me acabe confesando que está esperando a que le traigan el pescado salado para meterse en la cocina.
(Manolo Benítez le pone música a este desvarío mío).
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