Día 21. Para el 26 de abril es posible que se haya cumplido una de las fantasías de mi madre, y es que vuelva a lucir mi “preciosa melena”, a la que di un tajo nada más llegar a mi adolescencia.
En aquella época se dieron tres circunstancias que me llevaron directa a la peluquería, esa que ahora añoramos tanto: primero, había que hacer lo contrario a lo que querían los adultos, y especialmente si eran tus progenitores; segundo, estábamos en los ochenta y mi hermana mayor lucía una medio cresta de no me acuerdo qué color; y tercero, y no menos importante, estaba hasta la coronilla de esta mata que, cuando el calor aprieta, tiene el mismo efecto que una manta esperancera.
Mi madre, mi tía, mi abuela, todas las amigas de mi madre, de mi tía y de mi abuela me tocaban la cabeza mientras decían: ay, quién tuviera este pelo. Ya no por el largo, que también, sino porque era lacio, lo que me convertía en una privilegiada que no tenía que someterse a una de esas torturas chinas de todos los tiempos: la toga, la plancha, el secador infernal (hoy sería un alisado de esos que te dejan el pelo medio muerto).
Yo, que tuve que llevar gafas antes de saber lo que eran, que tuve que llevar un parche desde chiquitita para enderezar mi ojito, fui bendecida sin embargo con un precioso manto (manta para mí, con cierta querencia por unos pequeños bichitos que me torturaron durante toda la infancia e incluso en la edad adulta), rubio y liso.
Lo del corte de pelo para acabar con mi preciosa melena lo planifiqué durante mucho tiempo. Igual que ahora, que dedico varios momentos del día a visualizar mi salida a la calle a reciclar el plástico, en aquella época en la que ya era una soñadora me veía a mí misma con una cabeza nueva, más ligera, libre al fin de la maraña que ocultaba mi rostro. Y un buen día ocurrió. Por fin, la nueva Charo surgió de entre los cabellos de oro. No sé si más guapa, pero seguro que más liviana.
Desde esa primera visita de vida más o menos autónoma a la peluquería, cada vez que me corto el pelo, sea cual sea el resultado final, me acuerdo de mi madre. Mientras me miro en el espejo, justo antes de que la tijera haga su trabajo, recuerdo la sensación de sus manos sobre mi cabeza, la felicidad que le producía esa cabellera mía. Y a veces, como ahora, aparece ante mí otra de esas imágenes que me ayudan a llevar estos días: la del mechón de pelo guardado en un pañuelo blanco, como el de tantos otros niños, testimonio de un tiempo más inocente, más puro.
Cuando ya se cumplen 21 días de mi confinamiento y muchos más de la última visita al peluquero, empiezo por fin a rebasar la barrera psicológica de la media melena. Hay días en los que me la cortaría de un tajo con las tijeras de la cocina. Otros en los que me amarro las greñas y calculo cuánto me queda para pedirle a mi marío que por favor, devuelva el flequillo a una longitud manejable. Hay días, como hoy, en los que me miro al espejo y empiezo a fantasear, igual que de adolescente, con una larga, entrecanosa y florida melena al viento, esta que está surgiendo ahora, como tantas otras cosas nuevas.
(A mi madre, con la que sigo discutiendo por lo de las canas… Cosas de la adolescencia que nunca acaba y del amor de hija. Selección musical de Manolo Benítez, soñando él también con esa mata de pelo).
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