Cuestión de musas

Cuestión de musas

Día 22. Que sea alegre, me pide mi marío, un día más, desde su puesto de teletrabajo en el salón de nuestro hogar. Después de muchos años de convivencia, 22 días de confinamiento y nueve de reconfinamiento aún no ha comprendido el misterioso (hasta para mí) mecanismo que opera en mi persona a la hora de escribir.

No me voy a poner fina con eso de las musas, las que se supone que te visitan en el momento de la creación. Yo soy periodista y escribo sobre lo que hay. Puedo, sí, edulcorarlo, maquillarlo, exagerarlo, minimizarlo, incluso inventar una o varias bonitas metáforas. Viniendo de donde vengo profesionalmente, en esta categoría tengo un máster. De hecho, durante una temporada me dediqué a recopilar las formas mil en que se puede decir algo sin nombrarlo. Pero afirmar que tengo frío aunque en realidad tengo calor… ¡Hasta aquí podíamos llegar!

A pesar de que por mis venas corre un porcentaje de sangre británica, lo de la flema es algo que, no sé si para mi suerte o mi desgracia, no heredé. Siempre me han producido curiosidad, y a en ocasiones un poco de envidia, esas personas que no se inmutan mientras sueltan una gran mentira, que no se sonrojan ni les tiembla la voz, y tampoco sienten, parece ser, remordimiento alguno.

Curiosidad profesional, no más, o científica, porque en lo personal me producen el más profundo de los rechazos, por decirlo finamente. De ahí mi negativa a leer o escuchar la cantidad de sandeces y mentiras que pululan por esas redes, dichas por señores a los que pagamos con nuestro dinero y reproducidas hasta el infinito, hasta que algunas personas las convierten en “verdad”. No quiero que sus palabras me rocen ni de oído, y menos cuando necesitamos más que nunca cuidar el sistema inmunitario. Hay virus, y no hablo del protagonista principal de nuestros días, que son tremendamente contagiosos y dañinos si les prestamos la más mínima atención.

Que sea alegre lo que escribo, por tanto, no es algo que esté del todo en mi mano. Es una cuestión, más que de principios (que también), de genética, en la que en este tema la balanza se inclina, creo yo, por la rama paterna, menos dada a tomar el té. Y también, claro está, hay que tener en cuenta mi propia evolución personal y profesional. A lo que añadiré el color del cielo, hoy un punto grisáceo, y la malditas musas, que no viene a mí en modo alegre y divertido por mucho que me haya afanado en convocarlas mediante los trucos que mejor me funcionan: fregar los platos, barre la casa, preparar la comida.

Visto lo cual, estoy por cambiar mi atuendo de salir a la calle por el uniforme que tan buenos resultados me ha dado en las últimas semanas y sentarme a esperar esa alegre canción que Manolo Benítez me va a regalar; esa que le dará a estas palabras la nota de color que están pidiendo a gritos, esa que, seguro, va iluminar este día. 

 
Melena al viento
Huevos al patio
Caminito de Teror
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